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Introducción General

Propongo un texto digital que cuente una historia de arte que ha sido destruido, perdido o que de alguna u otra forma no existe en su presentación original. La idea no es archivar o recrear objetos perdidos, sino usar su no-existencia como paso a la especulación política. Mi intención es más ciencia ficción que preservación.

Busco reproducir el formato de una historia de arte para explotar como esta forma lingüística ha, tradicionalmente, construido el arte como una herramienta estatal, como patrimonio cultural cuya preservación es una imperativa moral. Libros como los de Gombrich y Gardner practican una especie de anti-hermenéutica donde el arte aparece como un nom/non du père que niega toda conexión con la experiencia somática a favor de una construcción del mundo inequívocamente europea, blanca, masculina, hetero- y cis- normativa, etc. Y aunque la academia contemporánea evita esta trampa moral, la concepción de lo estético y superficial como una no-presencia se mantiene endémica a la fenomenología del capitalismo, a la industria como destrucción de la naturaleza. Eso dicho, una consecuencia de un sistema así es que convierte el arte en un órgano sensual, un registro material de sus excesos violentos.

Busco, entonces, maximizar esta línea de fuga inmanente a la forma historia-de-arte, y pienso hacerlo a través del medio del texto digital. Si el libro físico se define por el pasar de la página, el digital por el desplazamiento a lo largo de la pantalla. Un medio se caracteriza por ser horizontal y discreto, el otro vertical y continuo. Esa continuidad sugiere una conexión mucho más estrecha con otros medios. El texto físico se limita a suplementarse de imágenes. El digital no sólo tiene una gama más grande de formatos que puede acoplar, sino que le es infinitamente más fácil hacerlo. Para imprimir imágenes a color se necesita papel y tinta de mayor calidad y, por ende, precio. Para incluir un modelo 3D de una escultura en un texto digital, sólo se necesitan tres teclas: «Ctrl», «C», y «V». Y si, al final, una historia de arte es una secuencia de imágenes acompañada por un texto interpretativo, este es su medio ideal.

Y aquí el componente de ciencia ficción: en vez de crear un archivo imaginario de arte destruido, pretendo crear un catálogo de esculturas digitales como una pornografía virtuosa que se desprende de las intenciones pedagógicas naturales en un libro de historia de arte. Como ejemplo fácil, La Venus de Milo. En vez de recrear sus brazos extrapolando su fisionomía persistente, propongo una ilustración donde sus brazos aparecen como tumores digitales, monstruosos y excesivos (prototipos de esto en los archivos adjuntos). Como ya expliqué, la destrucción de arte es un momento pornográfico, es un momento que materializa, sensualiza estructuras de poder. Es apocalíptica en tanto revela violenta verdad.

En efecto, todos los ejemplos que usaré tendrán un momento opresivo y uno liberador. Por un lado, están objetos cuyo estatus contemporáneo parece una cicatriz, índice de una violencia anterior, como los que viven en museos europeos en nombre de ciencias que se inventaron para financiar el emprendimiento colonial del continente — la antropología, la arqueología. Después están prácticas como el tumbe de efigies de figuras históricas como acción de protesta, imagen importante para la fenomenología de este último paro nacional. Dependiendo del punto de vista, la destrucción del arte se puede ver como derecho o como vandalismo, como avance intelectual o como mercantilismo colonial. Pero como ya expliqué, moralizar estos fenómenos sería caer en la misma trampa que los inspiró.

El ensayo que acompaña el catálogo no juzga estos actos. En vez, encuentra en la destrucción del arte base para un entendimiento de la política como algo vibrante y necesario para toda concepción ontológicamente rigurosa de la vida. Dentro de esta definición, también se revela  un momento necesariamente ideológico de la violencia, que se entiende como un culto generalizado a la muerte donde la destrucción del cuerpo aparece como una realización liberadora de la mente como máquina semiótica. El ensayo que acompaña el catálogo no juzga estos actos, los entiende como un desborde libidinal, una visión invasiva sobre los deseos más profundos de la gente.